DEL AGUA DEL POZO AL «AGUA VIVA»

DOMINGO 3º DE CUARESMA

08 DE MARZO

Jesús, cansado del camino que va de Judea a Galilea, con sed y en pleno mediodía, sentado junto al pozo de Jacob, le pide de beber a una mujer samaritana que tiene, sin saberlo, sed de otra agua que sacie su insatisfacción en la vida. “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. El agua del pozo es motivo de diálogo para hablar de otra agua que todos necesitamos en la vida. Jesús, experto en humanidad y conocedor de la psicología humana, da los pasos necesarios para que esta mujer descubra su propia vida y pida con ganas: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed”. Algo ha descubierto en Jesús que la conducirá a la fe.

En el diálogo, la samaritana descubre que Jesús es más que un profeta: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Y movida por el Espíritu de Dios, no solo cambia de vida, sino que además se convierte en apóstol de Jesús ante sus paisanos de Samaría. Y con ellos se pregunta: “¿Será este el Mesías?”

De hecho, termina el evangelio diciendo: “Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”. También nosotros estamos llamados a este diálogo con Jesús, pues quiere darnos “el don de Dios”, “el agua viva”. “El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro del él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN:

  1. Ante situaciones de insatisfacción en la vida ¿cuáles son las fuentes a las que acudimos para buscar el agua viva que dé valor y sentido a nuestra vida?
  2. ¿En qué sentido nuestra fe en Jesucristo nos ayuda a una mayor plenitud de vida, según dice él mismo: “He venido para que tengáis vida y la tengáis en abundancia”?

ORACIÓN:

Señor Jesús, tú conoces la sed profunda que nos habita, esa que intentamos calmar en pozos de placeres pasajeros y alegrías que pronto se evaporan.

Te pedimos nos concedas el agua viva de tu Espíritu, el único don capaz de saciar el vacío que las cosas del mundo no logran llenar.

Que tu presencia en nosotros no sea un consuelo momentáneo, sino un manantial que brote desde dentro del alma, transformando nuestra insatisfacción en un gozo continuo y desbordante.

Al igual que aquella mujer de Samaría, enséñanos a soltar nuestros cántaros viejos para correr al encuentro de la verdadera vida que solo Tú nos ofreces: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba… Esto dijo refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él” (Jn 7, 37.39).

Amén.