Señor Jesús, hoy comenzamos el Triduo Santo, tres días en los que la Iglesia, los cristianos, celebramos el misterio de nuestra Salvación que fue realizado por ti, Jesucristo, en los últimos días de tu vida. En este primer día del Jueves Santo nos reunimos por la tarde para hacer presente entre nosotros aquel momento único de tu última cena con tus discípulos.
Tus palabras transformadoras pronunciadas sobre el pan, “Esto es mi Cuerpo”, y sobre el vino, “Este es el cáliz de mi Sangre”, siguen resonando cada vez que celebramos la Eucaristía y realizando el mismo milagro de transformación en tu Cuerpo y en tu Sangre. El sacerdote pone su voz a tus palabras y tu Palabra hace posible el milagro. Concédenos, Señor Jesús, participar con fe y devoción en la celebración de la Eucaristía. Has querido quedarte con nosotros en forma de pan para alimentar nuestra vida cristiana. Gracias, Señor.
Gracias también, Señor Jesús, porque, junto con la Eucaristía, instituiste el sacerdocio que la hace posible. Después de repartir el pan y el vino consagrados, dijiste a tus discípulos: “Haced esto en conmemoración mía”. La Iglesia, por medio de los apóstoles y sus sucesores, asumió este encargo de Jesús y actualiza día a día tu presencia entre nosotros cuando celebramos la Eucaristía.
Gracias también, Señor Jesús, porque en este día del Jueves Santo nos diste el mandamiento nuevo del amor fraterno: “Amaos unos a otros como yo os he amado”. Porque “en esto conocerán los demás que sois discípulos míos”. Todos sabemos por experiencia que no es fácil esto de amarse unos a otros como tú nos amas. Pero también sabemos que aquí está el secreto para ser felices. Si quieres ser feliz, ama al prójimo tratando de hacer felices a los demás.
Te pedimos, Señor Jesús, que, al celebrar estos días la Semana Santa, y sobre todo al celebrar tu presencia en la Eucaristía, aumentes en nosotros la capacidad de amar a los demás conforme al mandamiento nuevo del amor fraterno que tú nos enseñaste.
Amén.